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Por Eduardo Orbea, editor sénior de Noticias de Terra y escritor del blog Cambalache en Terra.com.

Dicen que cada vez que cae un rayo en Argentina, todos miran al cielo y sonríen. ¿Por qué? Porque Dios les está tomando una foto.

Otra: Un mexicano le pide fuego a un argentino para encender un cigarrillo. El argentino se palpa los bolsillos, uno a uno, atrás y adelante, como manoseándose el cuerpo. ‘No, no tengo. Pero… ¡qué bueno que estoy!’, responde con total impunidad.

¿Somos arrogantes los argentinos? Muchos, no todos, pero muchos, sí. ¿Por qué? Aquí comparto mi teoría.

Argentina es el único país del Continente Americano que barrió con los indígenas que poblaban sus tierras antes de la llegada de Cristóbal Colon y sus marineros allá por 1492. […]

La llegada del ‘hombre blanco’ alteró la dinámica a tal punto que se dio inicio, en el siglo XIX, a un plan de exterminio por los gobiernos de turno.

El clímax se dio durante la tristemente célebre ‘Campaña del Desierto’, liderada por el general Julio Argentino Roca en 1870. La idea era darles batalla a las huestes indígenas rebeldes, como los Tehuelches y los Mapuches, y aniquilarlos, cosa que se hizo. Fundaban pueblos, levantaban fuertes y mataban indios.

Años más tarde se trazó una zanja, conocida como Zanja de Alsina, que delimitaba la frontera entre el mundo ‘civilizado’ y el ‘salvaje’. Muchas tribus aceptaron la rendición y depusieron su rebeldía.

Las tierras quedaron desoladas y se necesitaba mano de obra para producirlas. Fue entonces que los sucesivos gobiernos impulsaron, ya en el siglo XX, una inmigración masiva desde Europa, donde las guerras estaban haciendo estragos. […]

De allí que el argentino medio no tiene esa raíz que lo conecta con lo indígena, lo aborigen.

Al contrario, el argentino medio lleva en sus venas sangre blanca, bien europea, lo que de cierto modo lo separa del resto de los países latinoamericanos, donde lo indígena está profundamente incorporado en la vida diaria de las personas, como en México, Colombia, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador y Brasil, entre otros.

Esa distinción ha puesto a los argentinos en una posición incómoda desde donde mira al resto, como diciendo ‘somos distintos’. Y lo son. Su capital, Buenos Aires, es la ciudad más europea del Continente. […]

El argentino es distinto y por ende, ha venido poniendo en práctica, quizás de manera inconsciente, una sutil discriminación más social que racial, llegando a sentirse mejor, superior. Y en Buenos Aires, esto se respira. […]

El ‘porteño’ lo sabe todo, es ‘agrandado’ y hasta ‘fanfarrón’, todo lo opuesto al argentino del interior, que tiende a ser más sencillo, menos arrogante. […]

¿Cuál es el juego preferido de los argentinos? El yo-yo. Me río, sí, pero no tanto.

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